¿Y SI FUERA ESTO LO QUE NOS DIFERENCIA DE LAS MÁQUINAS?

¿Quién no se lo ha preguntado alguna vez? La tecnología es cada vez más perfecta, más parecida al hombre y más “humana” … Pero ¿hasta dónde podría llegar en su capacidad de imitar a la humanidad? ¿Dónde están los límites? Es más, ¿los hay; o los habrá?

Dicho esto, me consta que algunos pensarán que quizás este no sea precisamente el mejor momento para preguntas tan “filosóficas” como esas. Aún tenemos por delante los retos de una terrible pandemia y una profunda crisis económica global. Sin embargo, lo cierto es que, como espero demostrar con mis próximas líneas, nada más lejos de la realidad.

Hace tiempo que la humanidad sueña con el desarrollo de tecnologías diseñadas a su imagen y semejanza, tecnologías capaces de aliviarla (y de aliviarnos) de su carga de trabajo. No es nada nuevo. De hecho, hasta en el Parlamento Europeo se hicieron eco de un deseo así cuando en 2016 publicaron una propuesta de regulación que empezaba con las siguientes palabras:

«Desde el monstruo de Frankenstein creado por Mary Shelley al mito clásico de Pigmalión, pasando por el Golem de Praga o el robot de Karel Čapek, los seres humanos han fantaseado siempre con la posibilidad de construir máquinas inteligentes, sobre todo androides con características humanas».

Y ahora, cada vez son más las voces que nos alertan de que tenemos que hacer algo, porque nuestro sueño se cumplió y, desde entonces, para mantener nuestro espacio en el mercado laboral se hace imprescindible entender qué es lo que nos diferencia de las máquinas.  ¿Qué es lo que podemos hacer nosotros que ellas son incapaces de replicar? Y lo cierto es que son unas cuantas cosas, pero en este artículo quisiera centrar la atención en la que, en mi opinión, más nos diferencia, aunque apenas se hable de ella y, desde luego, no la veamos en las películas: “el olvido catastrófico”.

Hace tiempo que es el gran talón de Aquiles de la robótica y, en particular, de la inteligencia artificial. Estas se entrenan estrictamente para un propósito (en lugar de ser “multitarea”) por lo que cuando aprende algo nuevo se olvida de lo anterior mientras que, por el contrario, nuestro cerebro está preparado para aprender de forma continuada y durante toda la vida.

Y es cierto que podría ser una limitación con los días contados porque son tantas las implicaciones sobre sus posibles aplicaciones que hay mucho tiempo y, por supuesto, dinero invertidos para acabar con algo así, tan pronto como sea posible. Y es el caso, por ejemplo, de la compañía DeepMind, hoy propiedad de Alphabet, desde donde en 2017 se anunció el diseño de un algoritmo que bautizaron como Elastic Weight Consolidation, capaz de retener el conocimiento durante el aprendizaje de una tarea nueva. Sin embargo, poco después del lanzamiento de la noticia, los propios investigadores se vieron obligados a reconocer que su software no funcionaba con la misma precisión que una inteligencia artificial “normal” en la ejecución de tareas concretas, de forma que, a pesar de los avances, aún les quedaba un importante camino por delante.

¿Y sabes por qué me parece que se trata de algo tan importante?  Porque se dice que entramos en la “era del aprendizaje” (o del lifelong learning), donde estaremos toda la vida aprendiendo, cuando, paradójicamente, esta es una de las cosas que más nos diferencian de las máquinas.

Por todo ello, si como directivo estás pensando qué automatizar, qué tareas dar a las máquinas y qué asignar a tu equipo humano, recuerda que la tecnología está diseñada para hacer cosas concretas de forma muy eficaz (sin errores ni descanso), pero si esperas aportar algo más, ahí tendrás que recurrir a las personas y, sobre todo, motivarlas para que compartan contigo y tus clientes toda su humanidad.

Y es que, como me gusta decir, entramos en una época en la que “quien trabaje como un robot tendrá los días contados”, o dicho de forma mucho más optimista (como a mí me gusta): “cuanto más humanos seamos, más difíciles también de sustituir” …